domingo, 3 de febrero de 2013

ESTE PAÍS CADA VEZ SE PARECE MÁS A UNA CHARCUTERÍA







¿Recuerda? Ayer, cuando se podía pagar con alegría y cierta manga ancha cualquier producto de alimentación. Estos tenían un vida corta, según la fecha de caducidad que se mostraba en sus envases. ¡Que no se le ocurriera a nadie consumirlos, más allá de aquél límite! Y si lo hacías podía ocurrirte de casi todo, malo por supuesto y bajo tu responsabilidad. Así que para evitarlo, todo lo que guardabas en el refrigerador con más de dos horas de la fecha de seguridad, iba directo y sin más contemplaciones que una última mirada a la fecha de caducidad, al cubo de la basura. Más tarde comprarías otro.

Conozco a personas, que esto de la “fecha de caducidad” es como un mandato divino: “No comerás nada que esté caducado”. Hasta el jamón, el queso… Cosas que antes duraban ¡años!, toda la vida como aquél que dice, llevaban una fecha de caducidad increíblemente cercana, lo que nos obligaba a preguntarnos: ¿Cómo nuestros padres, pudieron vivir tantos años, consumiendo alimentos con más de tres meses desde su elaboración? Productos como la cecina, bacalao en sal, arenques…
Hoy la cosa no va igual, por la razón que ya es habitual y recurrente: “La Crisis”, ya se sabe… No hay tanta alegría, al igual que dinero y esto implica que donde más caducan los productos, es en las estanterías de los supermercados.
Solución, para evitar tanto quebranto a fabricantes y vendedores, se decreta que las alimentos caduquen con mucho más tiempo: Tú yogurt, caducarás treinta días después. Han dejado de existir las gastroenteritis y la Legionela.

De esta guisa, lo que no se vende en dos días, se puede vender en seis meses. ¡Hay que joderse! ¿Cuándo hemos sido víctimas del engaño, antes ó ahora? Siempre, diría yo.
¿Hablamos un rato de las hamburguesas y todo lo que viene manipulado por los grandes mataderos? No sé a la hora que está leyendo estas líneas, pero sea la que sea puede causarnos una marejada en el estómago.
Nos han tomado por gilipollas, quizás lo seamos. Para ellos no somos más que consumidores, votantes de cuatro en cuatro años, soldados, vigilantes, guardianes de lo que es de “Ellos”.
Pero esta es una vieja historia, sobre la que ya se ha vertido mucha literatura. Literatura marginal, de esa que se expone en un aparte bien definido y lejos de los temas sociales, junto a otras rarezas que hablan de OVNIS, telepatía, esoterismo y sociedades secretas raras. Cosas en las que ya nadie cree, y si cree se siente un bicho raro.
¿Conspiración? ¿Juegos de ricos con poder?
No lo sé y no sé si me apetece saberlo. Quizás esto que me ocurre a mí, le pase a todo el mundo, nadie quiere complicarse más la vida de lo que ya se la están complicando.
Están desmontando la Clase Media y parte de los que la componen, quieren salir a toda costa de ella. Desean con ansia estar lo más cerca posible del estatus de “Ellos”. Puede ser esta la razón por la que cada día salgan nuevos “chorizos”, logrando que esta Nación se parezca cada día más a una gran charcutería.
Este siempre ha sido y, parece ser que siempre lo será, un país de guitarra y pandereta.
Igual nos da ocho que ochenta, tal como solía decir mi bisabuela, como que a una cantidad considerable de granujas de tomo y lomo, con delitos de estafa, apropiación indebida, robo, desfalcos… , sin dejar de tener en cuenta a los que difaman y denuncian en falso, los indulten, como que una chica tenga que entrar dos años y pico en prisión,  porque robó, a través de una tarjeta de crédito que se encontró, ciento y pico de euros con el fin de darle de comer a sus hijos.

Y no estoy diciendo que esta chica no deba ir a la cárcel, si cometió un delito y esa pena es la que recoge la Ley, ha de ser cumplida. Lo que estoy diciendo es que si esta muchacha tiene que perder su libertad, los otros con mucha más razón, se apelliden Urdangarin, Borbón, Bárcenas, Blanco o  Puyol. No sólo por los delitos cometidos, sino por el quebranto que se le inflinge a la Nación a la vista de los países extranjeros, así como por el pésimo ejemplo que dan a sus conciudadanos . Razones estas que la Justicia tendría que tener en cuenta como agravantes.
No es bueno que la gente se plantee la mala actuación de la Justicia, en el caso de esa joven madre, que usó indebidamente la tarjeta de crédito, por comparación con delitos en los que se manejan cantidades muy superiores a ciento cincuenta euros. Delito es uno y delito es el otros, las penas…
Por preguntar algo: ¿Alguien se ha pensado en el daño que causó la extracción de su cuenta de los ciento cincuenta euros, al dueño de la tarjeta? A lo mejor, quiero decir a lo peor, era el dinero que tenía para comer él y su familia ese mes.
Cada delito con su pena, se trate de quien se trate, por muy cubierta que tenga la cabeza.
Y hasta que esto no sea así, nuestro pobre País no será mucho más que Sierra Morena antiguamente, en la que sólo habitaban los célebres bandoleros.
Lo escribo una vez más: Nadie ha hecho más por desprestigiar a los políticos que ellos mismos.
Está claro, estos sistemas de Reino sucesorio y Democracia cuatrienal, no funcionan, demasiados pastores a comer el caldero de migas. Tendremos que plantearnos nuevas fórmulas, como una Democracia diaria en la que verdaderamente sea el Pueblo quien ordena, tal como decía aquella canción de José Afonso: