miércoles, 19 de septiembre de 2012

¿EN ESTE REBAÑO DE LOBOS, QUIÉN ES EL CORDERO?


¿EN ESTE REBAÑO DE LOBOS, QUIÉN ES EL CORDERO?

Cuentos Cotidianos VII

            ¡Dichosos los ojos!
Aquella voz estridente y aguardentosa, fuera de tono, hurtó la atención que le dedicaba a las últimas páginas de “El Ángel Perdido” de Javier Serra, y me hizo buscar con la vista la procedencia de aquella sonora exclamación. No tardé mucho en dar con ella, pues volvió a repetirla, en esta ocasión en su versión completa: ¡Dichosos los ojos que te ven! Pertenecía un hombre enjuto, de unos setenta años, en el que resaltaba de manera muy llamativa las arrugas de su rostro, que hacían recordar la orografía de Afganistán. Posiblemente no fuera tan mayor, pero sus arrugas, junto al tono gris del pelo de su cabeza y el bigote, así lo hacían apreciar. Era la primera vez que lo veía en la cafetería, lo mismo que al que entraba en el local, la persona a la que le iba dirigido el llamativo saludo, un hombre joven de aspecto fuerte y el peinado, nada original, a lo Cristiano Ronaldo. Al que, a decir por su amago a darse la vuelta y marcharse,  no le agradaba el encuentro con aquella persona. Bajó la cabeza y se acercó.
–¡Vaya, vaya, vaya! –continuó la inquietante voz del señor mayor. –Ya digo: ¡Dichosos los ojos que te ven! Son ya más de seis meses, que no sé nada de ti, así que no sabes el gusto que me da ponerte los ojos encima.
¿Has estado de vacaciones?
            El recién llegado no contestó, se limitó a mover su cabeza agachada de un lado a otro a modo de negativa.
– Pues, recluido en un hospital o en la cárcel, no creo que hayas estado. Te veo muy moreno, bronceado. ¿Has estado trabajando en la costa? –el muchacho volvió a negar con la cabeza.– En algún lugar habrás estado, en algún sitio habrás cogido ese moreno. ¿Dónde?
–Hemos estado en el pueblo de mi mujer, en casa de sus padres. –ante la insistencia, el chaval habló con tono compungido y sin poder levantar la cabeza. –Teníamos que comer, y el único lugar en que nos darían algo era allí. No mucho, tan sólo por unos días, ellos tampoco andan muy bien económicamente. Ya sabe usted como están las cosas, la crisis…
– ¿La crisis? Eres un cabrón. Ya he perdido la cuenta de las veces que he llamado a la puerta del piso. Llegué a pensar que os habías ido, pero algún vecino me dijo, que por las noches habían escuchado al niño y a alguien que chisteaba.
Supongo que me vas a decir que continuas en el paro y que no tienes dinero, que el mes que viene, que…
El rollo de siempre. Pero para tomarte una caña si que hay, ¿no? –volvió a recibir otra negativa silenciosa. –Entonces… ¿a qué has entrado aquí? Porque, por verme y saludarme afectuosamente, no creo que haya sido.
–He entrado a pedir trabajo. –intentó levantar la voz, pero no la cabeza.
– A buscar trabajo… A mí ya no me engañas, sabandija.
Te voy a decir claramente una cosa, que quiero que te la aprendas bien y que no la olvides. –hizo una pausa, le golpeó con la punta de los dedos el pecho repetidamente y continuo casi silabeando las palabras. – Si no me pagas, ¡ya!, los nueve meses que me debes del piso, moroso de mierda, el primero de Octubre no os quiero en él. Tienes diez días para ahuecar, de lo contrario, como ya he hecho con gentuza como tú en otros de mis pisos, te irán a visitar y ayudarte a salir unos amigos míos. Si esto ocurre, trátalos bien, suelen cabrearse con facilidad.
Y no te pienses, que por el simple hecho de irte, dejarás de tener una deuda conmigo, porque de eso nada. Continuarás con ella, más los intereses y tarde más que menos, aunque desearas que sea en el menor tiempo posible, la pagarás.
Y ahora pide trabajo, desgraciado.

No pude ver en ningún momento las expresiones del viejo arrendador, me lo impidió una columna, sólo su apresurada marcha. Las que sí pude observar fueron la del joven inquilino. Más bien inexpresión En todo momento permaneció con la cabeza agachada, no movió ni un solo músculo de la cara. Era la imagen de un hombre sin fuerzas para oponerse, vencido. Noté como se le humedecían sus ojos y como una lágrima recorría su pómulo, justo hasta la mitad y luego caía al suelo rompiéndose en mil gotas que nada mojaron.
Quizás, la lágrima fue solo en mi imaginación, pero juraría ante un juez haberla visto.
De repente entró en la cafetería “el secuestrador de periódicos”, mirando nerviosamente a un lado y a otro, mientras avanzaba como un comando en la selva. Aunque realmente a lo que me recordó en aquél instante fue a un grajo dentro de un granero, preguntándose ante la abundancia: ¿Por qué grano comienzo?
Pero este grajo  lo que quería era el periódico del día. Lo encontró y se sentó en su mesa habitual junto a la tragaperras.
La acción de este personaje odioso, me distrajo de la escena del desahuciado. Volví a mirarlo. De su cara había desaparecido la vergüenza y la derrota, ahora mostraba otra de tranquilidad absoluta, como si la vida cotidiana y sus típicos problemas les fueran ajenos, como si de otra persona se tratara. Delante de él habían servido una copa de coñac, a decir por la forma de balón del recipiente y el color del contenido.
Del bolsillo de su camisa extrajo un teléfono móvil, un iPhone sin lugar a dudas, tocó la
pantalla y se lo aproximó al oído.
Como suelen hacerlo un gran número de personas,  que para hablar siempre se cambian de lugar, abandonó el sitio que ocupaba en la barra y se colocó cerca de mí.
– Oye niña. Escúchame bien.
Me he encontrado con el hijo de puta del casero…
– …
– ¡Que va! Me lo he encontrado de golpe. Ya te lo contaré. Una pasada tía. Estaba con un mosqueo de cojones. Que sí, que ya te contaré.
¡Óyeme! Nos tenemos que largar antes del uno del mes que viene.
– …
–Sí tan pronto, cagando leches.  Así que vete  preparando las cosas, nos vamos mañana por la noche. Tenemos que coger por sorpresa al tío este. Saca primero el ordenador, la consola, la tele y el equipo de sonido. Llama al Piojo para que se lo lleve en la furgoneta.
Yo iré a ver, dentro de un rato, a la vieja que nos alquilaba la casa.
– …
– Tía, ya sé que no es güai, pero de momento no hay otra cosa.
 ¿Fianza? ¡Ya! Va de culo. Le meteré el rollo: Que si el paro, la crisis, lo que vale mantener a la criatura… Que el mes que viene en vez de dos meses de fianza, con una pasta que tengo que coger, le daremos cuatro…
Y si todo eso falla, usare lo del calabrote de oro de mi santa vieja, que está con los angelitos. Que sólo se lo dejo en prenda, no me quedaría sin él por nada en el mundo, podría matar si algún desgraciado me lo quisiera robar…
– …
Sí, un artistazo.
– …
¡Ah! Vengo de verlo, está cojonudo. Sin un rayazo, equipo de sonido bestial, color rojo, la tapizaría nueva…
He quedado en que mañana les daré la pasta, que me lo tengan listo. Le van a poner un enchufe para el iPhone.
Así que este fin de semana nos vamos a la playa a ver a la Nuri y al Mario. Se les van a caer las calaveras cuando nos vean en el Audi.
Bueno tronca, en dos o tres horas estoy ahí, y prepárate, que con lo del carro, estoy salido.

Tocó la pantalla, se guardó su iPhone 4S y regresó junto a la copa de coñac o de lo que fuera. Se la bebió de un solo trago, pidió la cuenta, pago y casi dando unos pasos de baile se largo.


Yo me quedé sin palabras, sólo una cosa tuve clara en aquellos momentos, en los que mi mente intentaba ordenarse: que aquella lágrima, solamente corrió por mi imaginación. 

Juan Antonio Rguez Méndez del Soto