sábado, 28 de abril de 2012

CUENTOS COTIDIANOS I




21/12/2012
Y no es capicúa


            Como de costumbre, aquella mañana, en el establecimiento de siempre, se tomaba un café solo con sacarina, “café eterno” como lo denominaban los empleados de la cafetería, a causa del par de horas largas que dedicaba a libar el contenido de la pequeña taza blanca. Durante el tiempo que pasaba en el local, era para los habituales como un mueble, adorno o aparato más del café - bar, nadie se fijaba en él, ni siquiera los vendedores de loterías. Quizás algún transeúnte que entraba de forma ocasional.
En cuanto le era posible secuestraba el periódico del día, que la cafetería amablemente ponía a disposición de su clientela. No lo cogía para leerlo, la lectura no se encontraba entres sus costumbres, lo hacía por fastidiar a esos de los que decía: “Se toman un café, leen la prensa y se ahorran dos euros y si no toman café tienen que gastarse casi tres”.
Otro cliente, que perdió la oportunidad de cogerlo antes y que no lo hizo porque prefirió decirle a un camarero que iba a tomar, le rogó, que tras leerlo, hiciera el favor de pasárselo. Sí, dijo, pero pensó: Vas de culo.
Comenzó, mirando la foto de portada, aquél tipo con traje y corbata le resultaba conocido, pero no lograba recordar quién era, lo que le dio lo mismo. Pasó página, no sin antes parodiar que no podía hacerlo, que las hojas estaban como pegadas, hasta que al fin escupió sobre la yemas de sus dedos pulgar e índice. Tontería un tanto asquerosa, que repitió cada vez que pasaba página.   
El que le pidió el periódico, parecía que no tenía ninguna prisa, que disponía de tanto tiempo como él. Ya habían transcurrido quince minutos y continuaba esperando, lo que intentaba recordarle de vez en cuando con una mirada anodina, como casual.
Pues se iba a fastidiar. Con una parsimonia insultante y descarada, comenzó a pasar nuevamente la páginas, pero esta vez de atrás para adelante.
Simular que leía le estaba resultando aburrido, así que decidió leer un titular. Aquél hablaba de algo que ya había escuchado, que el 21 de Diciembre de este año, dentro de ocho meses, el Mundo y todo lo que contiene finalizaría. Recordaba que así lo vaticinaron unos antiguos moradores de algún lugar en Sudamérica, gente de cuando los conquistadores, o mucho más atrás, y así lo habían dejado grabado en una piedra circular.
Mas él no creía en “zarandajas”, que era como denominaba a todas las profecías, adivinaciones, visiones, magias… Resumiendo, todo lo que le sonara a sobrenatural, cosas que no estaban al alcance de su entendimiento, que ni él ni nadie podía entender.
Por otro lado, qué era lo que podían saber del Futuro, aquellos aborígenes con los medios que de los que disponían. Cuando llegó Hernán Cortés, no se encontraban aún en la Edad de Hierro.
Sí, poseían pirámides parecidas a las de Egipto, pero con grandes diferencias: su aspecto es tenebroso, infunde temor. Serpientes, caras grotescas, bichos raros, del mismo estilo a los que adornan la piedra circular, y una empinada escalera por la que a nadie le apetece subir y espanta tener que bajar. También su uso era diferente, si bien ambos relacionados con la Muerte. En Egipto eran tumbas de faraones y allí como lugar de sacrificios humanos, a fin de aplacar la ira de sus dioses, que al parecer siempre estaban cabreados. Esto lo recordaba muy bien, lo había visto con sus propios ojos en una película de Kevin Cosner, que le gustó mucho, casi tanto como “Bailando con Lobos”. Que incultura, que brutalidad y van y dicen cuando se acabará el Mundo. ¡Por Dios! Sí no sabían el valor del Oro. Gracias a que nuestros monarcas supieron ponerlo a buen recaudo. Todo no, menos lo que nos robaron los piratas de la “Pérfida Albión”. Hijos de la gran bretaña…
Gente oscura, aquellos indios que hablaban con la “te”: “tetitucuan, titichikichi”. Su abuela sabía hacerlo con la “p”, decía en vez de cocido, “popipo”. Pero sólo era una gracia, sin embargo estos tipos lo hacían siempre, no tenían ni idea de hablar como Dios manda,  en castellano. Lo dicho, como los monos de hoy en día.
España los sacó del ominoso fondo de la incultura, los enseño a hablar bien, a leer, a escribir, a rezar al Dios único y verdadero, el bien y el mal, los transformó en seres humanos.
Por estos dones impagables que España les regaló, la llamaron “La Madre Patria”, tras que le agradecieran todo lo que se les regaló, con la patada en el culo de la “independencia”. Van a saber estos… ¡El fin del Mundo, el fin del Mundo! Pero si es ahora y aún viven desnudos en la selva. Y no tan selva… Pues hay lugares en la actualidad, que aunque conocen el iPac, el iPhone…, que en eso de las tonterías, todo el mundo está muy puesto, su comportamiento no podemos tomarlo como muy civilizado. Ahí tenemos como ejemplo, sin irnos más lejos aquí, en España a “Los Latín King” o los psicólogos argentinos. Allí… Mejor no pensarlo.
¡Que miedo! Veintiuno de diciembre de dos mil doce (21122012), no es ni capicúa. ¡Es que no puede ser! No puede ser, pero si no conocían nada más allá de sus narices. Todo lo más que podían vaticinar, sería el fin de la tierra que tenían bajo sus pies. Aquí, en Europa, no tenemos que preocuparnos en lo más mínimo, de cuanto ocurra en su continente.
El mundo que se acabaría sería el de ellos y poco más. Esto sólo es pensar por pensar, por entretener la mente.
¿Cómo comenzaría el fin? Volcanes, ahora está uno en actividad, el … ¡Como se llame! “El Cocopapanatel” o algo más complicado de pronunciar. Aunque… Estos no han tenido nunca una guerra entre todos ellos. Igual se lían, alguno tira una bomba que mata a todos y a ellos la onda expansiva, todo el mundo muerto. Que malos pensamientos, espero que no ocurra.
De cualquier forma, que si ha de ocurrir algo, lo que sea que sea allí, lejos de nosotros.
Sin querer sus ojos se fijaron en una fotografía de Hugo Chávez, presidente de Venezuela. ¡Ah! este es al que le dijo el rey: ¿Por qué no te callas? Tiene cara de bruto el chaval, indio. Como el Evo Morales, el de los pollos, las patatas holandesas y la Coca Cola. La mezcla perfecta para amariconearse. ¿No tendrá otras cosas en que dedicar el tiempo?

Una nueva foto llamó su atención. Y esta. “la no chores por mí Argentina, que yaaa lo hago yooo por todos ustedesss”. ¿Cómo dice aquí que se llama? Se acercó un poco más el periódico y dejándole a los ojos una mínima ranura entre los párpados para que realizaran su labor, casi deletreando leyó: Cristina Fernández de Kirchner.
Vaya con el último apellido. Le sonaba a nombre de un licor, que no sabía en que  lugar lo había visto o bebido.
Miró por encima de las páginas y  vio que el que estaba esperando a que terminara con el diario, continuaba allí y que al darse cuenta que lo miraba, le levantó levemente el mentón y arqueó una ceja. Gesto que interpretó como: ¿qué pasa, vas a tardar mucho todavía? Bajo la vista y la entretuvo con los titulares, que acompañaban la foto de la presidenta de Argentina. Anda che, que si Martín Fierro abandonara las paginas que escribiera José Hernández –lógicamente, el comentario es de un servidor. Así, sin duda lo habrá entendido usted, señor lector. Le ruego me perdone, me he equivocado, no volverá a ocurrir. Pero compréndame, como narrador terminas inmerso en la historia –.  En esta ocasión no entornó los párpados, en aquellas letras gordas se leía que la tal Cristina, por todo el morro, había nacionalizado a una gran empresa española. Y más abajo, en eso que los profesionales de la prensa llaman balazo, que la señora quiere la devolución de las islas Malvinas, hoy en manos de los Ingleses –no pueden ser otros–, sino que se andarán con cuidado –Vamos, como diciendo que lo de Leopoldo Galtieri les iba a parecer una verbena.¡Oh! Perdón nuevamente–.   Más abajo decía que Hugo Chávez y otros presidentes del mismo patronaje, en el hipotético caso de una confrontación, del país hermano y los británicos, ellos no se quedarían de brazos cruzados. ¡Con dos… cerebros! Y se dan el prestigio de ser descendientes de los que hicieron la profecía del fin de los tiempos… Aunque puede ser, que la líen con tal de darle la razón a sus ancestros.

Miró nuevamente por encima del periódico. El que esperaba se había marchado. Otro triunfo más. Echó un vistazo al reloj de la cafetería. Diez minutos para agotar el tiempo que dedicaba al café.
El fin del Mundo, ahí es nada. Ni el “Nostrodomus”, que era de por aquí acertó. No te jode…
Otra vez más hojeó el diario, pero esta ocasión no para fastidiar, buscaba en las últimas páginas la tira cómica de Mafalda, que era lo único que le interesaba de aquella publicación y que aquellos tontos pensamientos le habían hecho olvidar. ¿A qué habrían obedecido tantas gilipolleces?

Juan Antonio Méndez del Soto