sábado, 21 de diciembre de 2013

EL CUENTO DE TODOS LOS AÑOS

Se me olvidaba escribir el pequeño relato, que cada Diciembre regalo a mis amigos. Es una costumbre que tengo desde hace ya bastantes años y que comenzó a raíz de un número especial navideño, de una de las revistas sonoras que producía para la ONCE (Organización Nacional de Ciegos Españoles). Se trataba de un cuento breve, que también guarda su anécdota.
La historia se desarrollaba en tiempo de Navidad. Un hombre joven, abatido por no poder llevar esa noche, día 24 de Diciembre, algo que comer a su mujer e hijos, mucho menos regalos, se dirigía hacia uno de los puentes de la ciudad con la intención de suicidarse. La noche ya había comenzado.
En el ultimo momento, en el que ve las caras tristes de sus hijos en las oscuras aguas del rio y que se va a tirar, una voz interrumpe su acción. Era la voz de un ciego, vendedor de cupones de la ONCE, que le ofrece un número. El hombre le dice que no lo quiere y ante la insistencia del invidente, termina diciéndole que no se lo compra porque no tiene dinero.
Entonces el vendedor le dice que no se preocupe que él se lo regala.
Cuando de nuevo se queda solo, vuelve a retomar la acción, pero antes extiende la mano para soltar el cupón, que el ciego le había regalado. El 62329 serie 6 total con su suerte… ¿Pero y si tocaba? Mira en la dirección por la que se marcho el ciego y no vio a nadie, el vendedor desapareció. ¿Y si tocara? El hombre decidió esperar unas hora más por si acaso. Como tenía que ser, en una historia de Navidad, el hombre ya no regresó al puente ni esa noche ni ninguna otra, pues el número premiado fue 62329 serie 6.

Un alto directivo, me comentó, esta es la anécdota, que la historia estaba bien, pero que tendría que haber evitado decir que el vendedor le regala el cupón, mejor que se lo regalara cualquier otro o se lo encontrara, pues podía ocurrir que a los vendedores le aflorara la vena generosa y caritativa y les diera por regalar los números.
Aquello me sonó a: no somos ángeles, por los milagros se cobra.
A partir de aquí, mis cuentos de Navidad se volvieron tristes.
Este año, como le decía al principio  iba a romper la tradición con el olvido, pero un genial comentario de Tomás Martín Tamayo, me recordó la tarea, así que me puse a ella.





CUENTO DE NAVIDAD MIL ONCE
LA VERDAD DE LAS COSAS
Es tiempo de Navidad, en mis oídos resuena el incombustible “White Chrismas”, interpretado por Rocky Sharpr and the Replays. Aguanto el tema, pues tras él comenzará “Chrismas tears will fall”, que es mucho más de mi agrado.
Navidad, regreso a casa de quien aún la tenga, reuniones de los miembros de la familia, que pese a vivir todos ellos en la misma ciudad, no se ven hasta la noche de la “gran cena” o la de despedida del año y la de ellos hasta el próximo.
Todos nos volvemos un poco mejor, hasta nos preocupamos por el prójimo. En estos momentos observo tras el empañado cristal de mi ventana, al viejo alcohólico, como toma asiento sobre el helado banco de hierro, del otro lado de la calle. Es su lugar de costumbre, en el que pasa y se bebe los “cartones” de vino malo, la mayor parte de la jornada. Sus harapos no deben lograr protegerlo del frío ni del viento ni de la fina lluvia.
Una de esas almas caritativas, podía aparecer por aquí y llevar al pobre alcohólico a algún centro de acogida o asilo, en el que poder comer algo decente, poder pasar la celebraciones en compañía, arropado por el calor de otros seres humanos. Lavarse, quitarse esos sucios trapos que cubren su cuerpo inmundo, aislado de los elementos por la roña de años.
Llevárselo, quitar de mi vista la ominosa figura de sucio borracho, sus frecuentes episodios de delirio tremen, sus vómitos y el olor de sus orines en mi portal, que no es el de Belén ni necesita ningún “caganet”.

Esto, lógicamente sólo es un cuentos.