jueves, 27 de junio de 2013

LAS CORRIDAS EN BADAJOZ (Revista Oficial de Ferias 2013)


LAS CORRIDAS EN BADAJOZ








Tengo ante mi una fotografía en blanco y negro –por no decir vieja–, en la que me veo acompañado por mi tía Filo, mi tío Pin, su esposa Leandra, tras de ella, creo que su padre y a la izquierda –siempre de la foto– mi orondo abuelo paterno Máximo. No hay que hacer especial mención a que yo soy el niño guapo con cara de bueno.
Acabo de recibirla vía Internet, que desde Luanco, me remite mi hermana Mercedes, en el mismo instante que me dispongo a escribir este artículo, sobre Corridas en Badajoz.
En la imagen, nos encontrábamos viendo una corrida en la vieja plaza de toros de malos recuerdos, aquella se encontraba donde hoy lo hace el Palacio de Congresos, que para olvidar también lo hicieron circular.
La vieja plaza, centro de mis entretenimientos en verano, Toros y Cine.
Habitualmente, dada mi escasa edad, acompañaba a mis padres, mejor dicho me llevaban, pues seguramente no tenían donde dejarme. Esto ocurrió hasta la noche, que en la Plaza de Toros proyectaron “El Coloso de Rodas”, que estaba clasificada para mayores de 16 años R y al faltarme algunos años, no me dejaron pasar, aún estando acompañado de mis padres. Me encontraba en esa complicada edad en la que no eres mayor, pero ya no tenías cara de infante.
La “R”, tras 16, significaba “con reparos”. La calificación sería a causa de las mini túnicas que lucían las chicas, que para lo que no se veía en la pantalla, por aquellos años, era mucho, tanto que deseabas haber nacido en Rodas, cuando poseía unas de las maravillas del Mundo y por el calorcito, la temperatura tenía que ser muy benigna para ir con una ropa tan liviana. 
A partir de ahí, fueron contadas las ocasiones que me volvieron a llevar al cine. Era pequeño para que me dejaran entrar en ciertas proyecciones y lo suficiente mayor para quedarme solo.
No recuerdo a que tipo de festejo estábamos asistiendo, cuando tomaron la foto, si rejoneo, toreo con o sin picadores ó una de las muchas novilladas que se programaban. Por otro lado, más difícil me resulta su evocación, después de la cantidad de corridas que vi durante tantos años, desde muy pequeño tal como certifica la imagen. Antes no existía acotación de edad en estos acontecimientos.
Conocí, desde la barrera, a  grandes del toreo: Antonio Bienvenida, Chamaco, Luis Miguel Dominguín,  Antonio Chenel “Antoñete”, El Viti, Diego Puertas, Paco Camino, El Cordobés, Palomo Linares, Miguelín… Hasta asistí a la corrida homenaje, que se le dio en su pueblo de nacimiento, Bienvenida, al PAPA NEGRO, Manuel Mejias Cápela, precursor de la saga de “los Bienvenida”. Fueron ellos, sus hijos –Ángel Luis, Antonio, José, Juan, Manuel y Rafael, los que lidiaron los toros de aquella inolvidable jornada.
Sí, porque no sólo asistía a corridas de Aquí, ya me hubiera gustado que todo se hubiera quedado en eso, pero no, pues lo que tenía que gustarme, por encima de todas las cosas eran las aficiones de mis mayores: los Toros, el Fútbol y en menor medida la Hípica.
A los toros eran aficionados mis dos abuelos, con ellos, más con Máximo que con Antonio, iba a corridas que se celebraban en Sevilla, Córdoba, Salamanca, Madrid y por supuesto Almendralejo, Zafra y Mérida.
Llegué a odiar el olor a bocadillo de tortilla francesa y a plátano, que impregnaba el interior de aquellos autobuses, así como a los vendedores de la “fruta canaria” que te la ofrecían por las ventanillas, en todas las paradas sin excepción.
Lo del Fútbol es para otra historia. Mi padre, gran forofo del Club Deportivo Badajoz, junto a amigos como Berna de la Calle, Pepe Durán… no se perdían  ni uno, me hizo socio con tres meses de vida.
Tardé algún tiempo en saber y más en entender, por qué gritaban tanto e insultaban en especial a un señor, que siempre iba de luto. Solían decirle cosas sobre su madre, y otras como: ¡Anda que tienes cuernos hasta en la caja de cerillas!
Atronadora y muy peligrosa fue la jornada que pitó el partido un tal Ferrete, por poco se lo comen.
Algo que en ni corto entender, no me cuadraba en absoluto, era ¿para que quería tantos cuernos el señor de negro y cómo podía meterlos en una caja tan pequeña? Ó… ¿es que se referían a otro tipo de cuernos más pequeños? ¿Tienen cuernos los grillos? Me preguntaba, durante la eternidad del encuentro. 
Monumental fue el cabreo que se cogió mi progenitor, cuando al cabo de cinco o seis años de aguantar al decepcionante Badajoz le pregunté, aburrido y con ganas de salir de allí, qué cuantos goles tenían que marcar para que se terminara el partido.
Cuando jugábamos en el pasillo de casa, el primero que marcara diez ganaba, se acababa y si te quedaban ganas te echabas otro.
La Hípica, en particular el “Salto”, era gusto de mi abuelo Antonio, lo acompañaba de vez en cuando y no llegué a ser un entendido.
No ocurrió lo mismo con los Toros, aprendí y me aficioné, incluso quise ser torero. De hecho, he llegado a torear en alguna que otra capea, hasta que me puse, por aquello de probar, delante de un toro toro, de esos que hoy lidia Talavante.
¡Jozú! Que grande era aquello. Así siempre creí que los toreros, por regla general, eran muy bajitos, nunca me pude imaginar el volumen de esos animales. Los había toreado de pequeños y vistos siempre con la             distancia suficiente, que no te dejaba aforar con mucha exactitud.
¡Que bicho! Cuando echaba el aliento me iba para atrás, ya no sólo por el miedo que me daba verlo, armado con aquel par de pitones, cuerniveleto y aquellos dos ojos negros con los que me miraba como si estuviera haciendo puntería, grandes, muy grandes, que no sé porque me hizo pensar en la canción: …que bonitos ojos tienes, debajo de esas dos cejas… Incluso creo que llegué a tatarearla, a causa del pavor. Hasta la lengua daba miedo.
Luego, por la noche, ya limpio y en la cama llegué a pensar, que aquella enorme lengua la sacaba burlándose de mi, el muy…
El caso es que aquella noche soñé con él, al igual que las siguientes en mucho tiempo.
 
Este hecho no fue el que me quitó las ganas de ser torero, eso lo obró un refrán que decía mi abuela: A las prostitutas y a los toreros a la vejez los espero. No era nada halagüeño quedarse sin “Pensión”, lo mismo que puede ocurrir en un futuro muy próximo, sin haber sido ninguna de las dos cosas.
Era sólo, una equivocación de mi abuela que me transmitió a mi, pues ya se sabe como viven esas dos profesiones en estos días.
De pequeño sufrí varias equivocaciones, que  me han marcado la vida. Tampoco quise el futuro profesional que proponía mi padre, el de ser ingeniero de algo.
No sé o no recuerdo el por qué, pero estaba firmemente convencido que los ingenieros eran los taxistas, profesión muy honrada, pero en la que se ganaba poco y tenías que aguantar e ir a los lugares que te ordenaban los clientes, la mayoría ricos y poco generosos. Estos fueron otros dos errores más.
Mi paciente padre, ante la negativa de ser ingeniero de algo –Telecomunicaciones, Aeronáutico, Industrial ó aquella que tenía que ser dificilísima: de Caminos, puertos, puentes y canales y no de algo como un “Forito”, un “Pato”, un “Camello” o un “Aiga”–, me hizo una nueva proposición: La de profesar el sacerdocio, estudiar en el Seminario, que para él resultaría menos gravoso y estaba de moda. No lo de ser cura, lo de estudiar en el Seminario Diocesano, de más allá del final de Badajoz. Estaba lejísimo. En el mismo lugar que en la actualidad, pero entonces era más lejos.
La verdad, no me veía yo ataviado de “mini cura”, andando en fila india, como pude observarlos algún domingo y fiestas de guardar, cuando los sacaban a todos juntos a dar un paseo. Nunca he sido demasiado gregario, por otra parte, el atuendo no era precisamente de mi gusto, incluido el sombrero.

La “Vieja” Plaza de Toros, como está leyendo, tenía mucho más uso que la actual de Pardaleras. Incluso había corridas nocturnas, generalmente novilladas. Como por ejemplo, aquellas del mismo corte y finalidad, que se celebraron en “La Ventas”, que fueron retransmitidas por Televisión Española, “Las Corridas de la Oportunidad”, a través de las que se dio a conocer Palomo Linares. Aventura que fue recogida en la película “Nuevo en esta plaza”, que por supuesto se proyectó un verano en la pantalla de la Plaza de Toros.
En las nuestras, no recuerdo que saliera ninguna figura, pero tengo los nombres y las imágenes de dos de los muchos que probaron suerte: Francisco Ruiz El Parismeño, nombre artístico extraído de su segundo apellido, por lo menos así es como lo conocian es su barrio: Paris, que bien podía haber sido El Parisien o El Parisino, pero ya sabemos como va esto de la Fiesta.
Lo recuerdo bien, alto, delgado, jovial. Vivía en uno de los bloques del Puente Nuevo, el “B” con toda seguridad, detrás del Auditorio. No sé nada de él en la actualidad, le perdí la pista hace ya mucho tiempo.
Otro, que logró cierta fama, no por buen diestro precisamente, fue el de Castuera, Blas Romero, apodado  “El Platanito”, que se pasaba más tiempo en el aíre o rodando sobre el albero que toreando. Mejor que corrida, el espectáculo se podía denominar: “Cogidas”.
Cuentan, las lenguas, malas lógicamente, que una tarde mala, como todas pero esta más, tras haber sido revolcado, elevado, corneado y mordido por un novillo de Arcadio Albarrán, cuando por el callejón lo llevaban en volandas a la enfermería, hecho un auténtico ecce homo, iba diciendo repetida y entrecortadamente: Que me den la oreja, que me den la oreja.
Un espectador, sorprendido ante la petición del novillero, le espetó: ¡Desgraciado! Con lo mal que has estado, ¿cómo puedes pedir la oreja del animal?
A lo que ”El Platanito”, elevando la voz todo lo que le permitieron sus maltrechas costillas, aclaró: No, la del bicho no, lo que quiero es que me den la mia que la lleva el toro en la boca.
Seguramente no sea cierta la anécdota y sea más chiste.  Puede que ocurriera con él lo mismo que con Perico Repulgo.
Aunque distinto, ocurrió algo parecido con un torero, que fue igual de admirado que de odiado, pues seguidores y detractores compartían ambos sentimientos, un misterio como el de la Santa Trinidad, este era Curro Romero, seguido por un gran numero de aficionados allá donde toreara, ansiosos por ser testigos de una faena, como las que alguna vez le salieron.
En Badajoz tuvo muchas, las tardes Aquí se le daban bien. Siempre que le gustara el toro, sino…
Como en aquella ocasión que le tocó un Miura con pinta de tener muy mala leche.
–¡Quillo! Ponme el bicho a la jombra. Ahora ponemelo al Jol –le ordenó Curro al sobresaliente de su cuadrilla.– A la jombra, al Jol.
Así en incontables ocasiones, que si al Sol, que si ahora a la sombra y a la décima, un tanto mareado, cansado y sin entender aquellas maniobras, el sobresaliente le dice:
–Maestro, ¿no sería mejor ponerlo entre el jol y la jombra? Por otro lado “el respetable” se esta mosqueando cantidad  y er presidente tiene el pañuelo en la mano.
–¡Qué entre jol y jombra ni ná! Lo que yo quiero es que avé si entre tanto cambio de temperatura coge una purmonia y se muere solo.

Toros, Cine y conciertos, estos últimos más comunes en el nuevo coso, el de Pardaleras.
Mecano, Luis Eduardo Aute… No haré la relación más extensa, prefiero hacer un breve recuerdo a las actuaciones y bailes, que durante las Ferias, se daban en los parques de la ciudad, especialmente en los de La Legión, el Casino en el de la derecha y El Club Taurino en el de la izquierda. En el del Casino vi y escuche a grandes figuras nacionales, Masiel, Lola Flores, Fernando Esteso… Pero de aquella, recuerdo que me gustaba ya más en baile con música lenta. También se celebró alguna en el de eñorto.
No sé porque se me viene también a la memoría, la discoteca que tenía en el sótano “El Mesón del Labrador”. Estaba situado en la esquina que hoy ocupa un bar, eñort creo que se llama. La recuerdo oscura y poco frecuentada, ¡perfecta!
Conciertos en la plaza de toros y el Vivero, el campo de fútbol en el que tan pocas alegrías tuvieron los aficionados pacenses. Pero volviendo a lo que estábamos, conciertos, que bien podían haberse celebrado en el Auditorio “Ricardo eñorto”. Supongo que sería por cuestiones de aforo.
El Auditórium del Parque Infantil, cuanto  aprendí en él. Sentado en las incomodas sillas plegables, de las que estaba dotado eventualmente, contemplé grandes obras de teatro, interpretadas por las mejores compañías como la “Lope de Vega” ó “Amadeo Vives”, con los mejores. Actores del momento. Siempre recordaré aquella interpretación de José Bódalo, como el moro – judío Almudena, en la adaptación teatral de la Obra de Benito Pérez Galdós “Misericordia”.
Antonio, “el bailarín”, Antonio Gades, Ismael… Zarzuelas, ballet… Todo ello encuadrado en lo que se denominaba “Festivales de España”, que dirigía José Tamayo y auspiciados por la Dirección General de Cultura Popular y Espectáculos del Ministerio de Información y Turismo, con el patrocinio del Ayuntamiento.
Mientras pude no me perdí ningún espectáculo, incluso los de bailes regionales, que llegaban a parecerme tediosos.
No es mi intención, con estos recuerdos, la de comparar las ferias de antes con las de ahora. Sí diré que aquellas ferias, las que ya pasaron las disfruté mucho más. Para mi eran todo un descubrimiento anual, con aquellas edades…
Me gustaba sentarme junto a las pistas de los “coches chocantes” y escuchar la música que emitían sus altavoces a todo volumen. Eran los últimos temas, lo que estaba de moda e incluso lo que no había llegado aquí aún.
Lo sé, hoy también ocurre lo mismo, pero no son “Gingo”, “Black Magic Woman” de Santana ó “Get Back” de Vétales ó incluso el “María Isabel de Los Payos. ¿Recuerdas, Fernando Naranjo?
Todo era casi igual pero mejor, no había tanto parque temático, ni muchos podían ir a Florida a ver “Disneyland”, la Feria eran, sólo unos días al año y éramos más de pueblo.  
Debo estar haciéndome mayor.
Tampoco estoy evocando con nostalgia, pues son cosas que no he perdido, las tengo conmigo, en mi recuerdo, entre todos esos momentos que he vivido.
A todo esto, me doy cuenta que lo único que he hecho es divagar, que de las corridas, he tratado poco, o…¿no? Bueno, en otra ocasión quizás. Por otro lado hay expertos como los Masedos, padre e hijo ó Manolo Cáceres. Les dejaré a ellos la cuestión, será mucho mejor.
Por mi parte ya sólo me queda decirle, que ha sido un placer echar un rato con usted.
¡Bueno! Una cosa más: Que tenga una buena Feria.