domingo, 15 de abril de 2012


¿TRES CUARTOS AL PREGONERO?
Por Juan Antonio Méndez del Soto
Febrero 2012
Hoy presiento que va a ser un día raro. La sensación me la provoca la primera página del periódico. Como si la corrupción, la Crisis y todos los problemas con los que nos acostamos anoche se hubieran volatilizado, a toda página habla de un asunto del mundo oscuro, enigmático, paranormal, propio del Doctor Jiménez del Oso, que en paz descanse.
Un gran titular a cinco columnas dice:
Enigmáticas apariciones en los montes de Asturias tienen aterrados a los vecinos.
Un subtítulo: Nadie conoce la procedencia de los extraños objetos.
Y el texto, al que adorna una fotografía en color de uno de los “extraños objetos”, cuenta:
Unos hechos altamente extraños, están ocurriendo en unos parajes agrestes, lejos de cualquier núcleo urbano y pocos visitados del Principado de Asturias. En ellos, desde hace algún tiempo, vienen apareciendo lo que los paisanos han dado en llamar “Pijin”.
Estos “pijines”, algunos de ellos de más altura que los mohair de la Isla de Pascua, causan el asombro y temor de cuantos los han visto.
Aparecen como por arte de magia, de un momento a otro, pasas para allá y no hay nada, vuelves para acá y allí está el “Pijin”. Comenta un buscador de setas, que por la escasez de hongos, se arriesga a introducirse en esta zona ignota. Cada vez hay más, salen de la tierra y crecen. Como dos al mes. A mí me está dando ya mucho miedo, no volveré por aquel lugar. Estoy en paro y de esto de la setas, con lo que saco por su venta, mal mantenía a mi mujer y mis dos hijos, ahora… Pero prefiero seguir vivo y poder ver a mi familia.
Los “pijines”, son enormes esculturas en roca viva, con forma fálica, esto es, un pene gigantesco, que erecto mira desafiante hacia el cielo, según opiniones de algunos lugareños, más cercanos al área de los sucesos, las moles quieren decir: “Bajad, que aquí os estoy esperando”.
Todos los entrevistados, coinciden en que no han podido ser tallados por la mano de ningún ser humano, pues no se advirtió ningún tipo de actividad. Ni ruidos, ni movimientos de andamiajes, ni marcas de arrastre, ni nada. Por otra parte, por allí no vive nadie en un radio de diez o quince kilómetros.
Creen que puede ser obra de extraterrestres, a los que por lo visto les gusta entretenerse haciendo cosas artísticas, como círculos, enormes dibujos en altiplanos y ahora esto de los “pijines”. Eso o algún otro ser, que nos está advirtiendo de lo que se nos viene encima, en un futuro muy próximo.
Lo cierto, es que nadie sabe nada con exactitud y las autoridades no quieren pronunciarse sobre tan escabroso asunto. Este diario sólo pudo recoger una breve declaración, confidencial, de un consejero de la Junta Asturiana: Si se ve que no son cosas dañinas, no se tomará ninguna determinación, hemos acordado, en contra de ellas. Igual hasta nos vienen bien para el turismo. Falta nos hace, para paliar esta pertinaz “Crisis”. De momento hemos comenzado, sin dar publicidad, las investigaciones y mantendremos en riguroso secreto las averiguaciones que vayamos consiguiendo.
¡Misterio! Ya no saben con qué entretener la atención de la gente. Hoy no se hablará de otra cosa, como si se tratara de un gran secreto, como dice el consejero. Es una vieja treta. Si quieres que algo se difunda con rapidez, di: Te voy a contar algo confidencial, secreto… No tendrás que pagar a ningún pregonero.
Esto de los “pijines”, me trae a la memoria lo ocurrido a un buen amigo mío. Escultor cotizado y conocido en todo el país.
Enrique. Que lógicamente no se llama así, el anonimato, ya sabe. En realidad se llama Pablo. Un tipo poco desprendido, digamos mejor ahorrativo, no dado a los dispendios; en aquella noche cálida, se las prometía felices. Ella estaba desnuda sobre la cama de mi amigo. A ella, le hubiera gustado más haber tenido la cita en una habitación de hotel, pero Enrique le relacionó oportunamente los peligros que tenía verse fuera, todos menos el más importante: lo que cobran por una habitación en un hotel, y sólo para un rato…
Eva, que tampoco se llama Eva, sino Edelmira, que es vecina del quinto derecha del mismo edificio en el que vive Pablo; que es casada, tiene dos hijos y está buenísima, impresionante, todo un pecado, de Pensamiento, Palabra y Enrique iba a incluir también en su negra conciencia, el de Obra.
No describiré sus atributos, como tampoco la lascivia con la que miraba a mi amigo y otras cuestiones típicas en casos como el que nos ocupa, ya que este no es un relato erótico. De cualquier forma, usted con sus experiencias en estos asuntos, si le apetece, se lo puede imaginar.
El caso es que Pablo… ¡Pablo no! Enrique, desnudo del todo, al ir hacia la mujer, notó una expresión de entre asombro y cachondeo en su rostro. En un principio no supo a qué diablos venía aquel repentino cambio en la faz de su amante, hasta que ella con una indicación casi infantil del dedo índice de su mano derecha, llamó su atención sobre su miembro viril (esto es, el pene).
Enrique lo miró y quedo estupefacto, ¡no estaba erecto! Inmediatamente cubrió con las manos a aquel “maldito traidor” (esto es, el pene flácido), mientras ella decía la célebre frase:
–No te preocupes, esto pasa en las mejores familias. –Y añadió –A Luis, mi marido, también le ocurre muy a menudo. Demasiado a menudo…
Enrique trató de justificar la inoportuna disfunción:
–No sé. Es raro. Estará cansada “la pobre” (esto es, el pene) La verdad es que he tenido una semana muy movidita, con unas y con otras… Vamos, que le doy vida mártir y claro… Por otro lado, me estoy dando una paliza tremenda, con esa estatua a tamaño natural de un lacero municipal, pues quieren inaugurarla dentro de una semana.
¡Ja! Excusas. El medio siglo en las costillas que no perdona.
Ante tan severo castigo, varios intentos fallidos en soledad y haciendo dolorosos dispendios en visitas a señoras profesionales de la “mala vida”, que resultaron vanas. Unido a la sospecha, que algo sobre su impotencia, oyó comentar a dos cotillas en el rellano del segundo, decidió ir al médico de cabecera, a fin de que le recetara algún remedio.
De inmediato su heroica decisión se vio empañada por un factor importantísimo: su médico de cabecera, era médica. Que vergüenza, ¿cómo le podía contar su problema a una mujer y desconocida? Por otro lado, en aquella consulta siempre había alguien más. O bien una auxiliar, o la ATS o alguna estudiante o todas al mismo tiempo. Aquello era imposible. Si ya cuesta comentarle algo así a un hombre, a cien mujeres… Para que se rían a tu costa y seas el chiste de la semana. No, ni hablar del asunto.
Recordó que tenía varios amigos médicos, pero con verdadera confianza sólamente a uno, pero… Todo un auténtico cotilla. Ya se sabe: “De lo que no quieras que se entere tu enemigo, no se lo cuentes a tu mejor amigo”.
¡Cariaco! Mucho más profesional, más serio. Cariaco no diría nada pero… Cariaco es foníatra. ¿Qué puñetas tiene que ver la Urología con la Foniatría? Pese a la duda, Enrique fue a verlo.
–No debes preocuparte. No eres el único ni vas a ser el último. Ya veras como no tiene importancia. El estrés con toda seguridad –el doctor Cariaco lo atendió en su consulta de la Seguridad Social con gran cordialidad. –Podía recetarte alguna cosa de las que hay. Pero creo que es necesario que te vea un urólogo, estos problemas pueden ser nada o la causa de otros más importantes. Estoy convencido que no es tu caso, pero mejor es quedarnos tranquilos. Voy a darte un volante para que pidas una cita interna para Urología (Andrología), de esta forma te la darán antes. Pongo que te miren bien, que eres amigo.
Lo puso, pero mucho más pequeño que lo de Andrología, que escribió con mayúsculas y paso el bolígrafo un par de veces remarcando las letras.
Cierta la cuestión de la rapidez, al día siguiente de solicitar la cita lo llamaban por teléfono para comunicarle que el próximo miércoles, esto es dos días después, sería recibido.
Demasiado rápido para su gusto, no tenía tiempo para mentalizarse ni aclarar algunas dudas, como que en particular lo tenía muy preocupado: El urólogo, ¿sería urólogo o uróloga?
Así que sin más se lo preguntó a la señora que lo llamó:
–¿Es urólogo?
–Sí señor, urólogo.
–Me refiero a que es un urólogo hombre.
–Un niño no es. Se necesitan unos años para estudiar la carrera de medicina y luego la especialidad. ¿Sabía esto?
–No, no me entiende. Lo que quiero saber, es si hay alguna posibilidad de que fuera uróloga y no urólogo. Una mujer en vez de un hombre. ¿Me entiende?
–¿En qué está pensando usted? Me parece…
–No yo… En nada. ¿No será usted uróloga?
–¿Usted no será un depravado de esos, que vienen a estas consultas a exhibirse y a que lo toqueteen un rato?
–No, no señora. Nada de eso. Un servidor es que…
–Ah, ¿no es usted un asqueroso de esos? ¿Entonces lo que no quiere es que lo vea una mujer? Es así, ¿verdad?
–Pues… Sí. No me gustaría que fuera una mujer.
–Entonces lo que usted es, es un machista. Retrogrado, fascista…
–¡Oiga! ¡Por Dios! Usted está totalmente equivocada. Un servidor…
–Que le he calado. Mañana nos veremos las caras. Tome nota de la hora, ocho treinta. Por cierto, para su gusto, quien lo atenderá será un hombre.

Sin lugar a dudas, no se había granjeado una buena amistad. Bien se presentaba la cita y aquel “mañana nos veremos las caras”, incrementó su desasosiego.
Apenas pudo conciliar un leve sueño, la noche de vísperas, los pensamientos de cómo sucedería la exploración a que le sometería el urólogo, lo incomodaron casi todas las horas nocturnas.
El centro hospitalario era enorme, primero tuvo que encontrar el edificio donde se ubicaban las consultas externas, luego la planta y el lugar exacto del servicio de Urología. Para lo primero preguntó en un par de ocasiones, para lo segundo y tercero se las arregló como buenamente pudo.
La enorme sala de espera se encontraba repleta de pacientes, que esperaban ser llamados. Enrique esperó, lo más apartado de la vista de la gente, a que apareciera alguien a quien presentarse por una de las cinco puertas, que mediante una pequeña placa informaban que eran las consultas de urología y el número.
No tardó en salir, por la puerta dos, una auxiliar entrada en carnes, teñida de platino y próxima a la jubilación, a la que se aproximó con disimulo.
–Buenos días. –Saludó con un hilo de voz. –Estoy citado para hoy…
La auxiliar tomó el papel que Enrique le mostraba, lo leyó y como si fuera el encargado de una tómbola de feria pregonando un premio, le dijo:
–Para hoy no puede ser. Esto es para Andrología y Andrología sólamente tiene consulta los viernes y hoy es miércoles.
La tierra no se abría y se lo tragaba. Sentía cómo las miradas de todos se clavaban sobre él. Aquellos “esperadores” estarían pensando con soniquete de “rabia rabiña”: No funciona, este no funciona…
Balbuceó que le habían dicho que hoy a las…
La obesa platino no lo dejó terminar y dijo con el mismo tono de voz de tombolero, que miraría en las otras consultas, por si sabían algo, pero que era raro, Andrología sólo era los viernes y hoy es…. ¿No sabría decir otra cosa?
En esto pasó por allí otra auxiliar, a la que inmediatamente preguntó con más énfasis, al menos así le pareció a Enrique, que si ellos esperaban a alguien para Andrología. La otra respondió, como si la gorda fuera sorda, que no, que Andrología eran los viernes.
¿Quedaría alguien por enterarse?
–Sí, eso ya se lo he dicho yo, que Andrología son los viernes, pero él dice que la cita es para hoy. En fin miraré en las otras consultas.
La gorda entró en dos consultas y de las dos salió vociferando que en ellas no esperaban a nadie para Andrología y que claro, Andrología era los viernes. Por último entró en la puerta tres y al cabo de unos minutos salió y dijo:
–Pues sí, en esta es. Debe ser usted algún recomendado, porque en esto de las impotencias, no hay urgencias. Son cosas que se pueden dejar para la noche siguiente.
Andrología, es la primera vez que se explora a alguien un miércoles.
Y otra cosa, no sé qué tiene que ver la Andrología con Foniatría. ¿O sí? –La muy asquerosa dio como un alarido estertóreo, le devolvió el papel a Enrique y se puso a reír como una loca. –¡Ay, ay, que me meo! Foniatría y Andrología. ¿Cómo enseñan a hablar últimamente? ¡Que me meo, que me meo!
Pero qué era lo que había pensado aquella gorda, guarra y con incontinencia.
Mientras hablaba reía y escupía. Le entró tos, le faltaba el aire pero no dejaba de reír, la muy gorda. Podría atragantarse, al tiempo que llegaba a sus oídos un débil coro de risitas en la sala. Enrique se sentía más rojo que la muleta de un torero. Gracias a que de la consulta “tres”, a penas dos minutos–siglos después, lo llamaron por su nombre y apellidos. Faltó el domicilio y el número del DNI, para más anonimato.
No se lo pensó y entró lo más rápido que pudo en la consulta.
Se disponía a tomar asiento, cuando vio a su derecha, tras una mesa supletoria de oficina, a una auxiliar joven.
–Usted me contará qué le trae por aquí –dijo el médico sin más protocolo.
A Enrique aquella pregunta le resultó capciosa. ¿A qué podía ir a la consulta de un andrólogo?, ¿a que le recetara bromuro? Por otro lado, no se habían saludado.
No obstante le respondió, tras desearles unos buenos días:
–Pues… Verá usted… Tengo unos problemillas de erección…
–¡Ah! Sí, lo dice aquí, impotencia absoluta.
El tipo aquél sabía leer, entonces… ¿Por qué preguntaba?
Enrique, molesto por lo que creía que se trataba de sorna, alzó los ojos y miró al urólogo. ¡Santas galaxias del frío e infinito espacio! ¡Era él! El urólogo que le operó años atrás de una fimosis, que no estaba seguro de padecer.
Fue en una clínica privada, le costó un pico y se quedó sin sus deseadas vacaciones en Ibiza, que planeaba para el verano siguiente, en plan “despipote total”.
Sí, cierto que le dolía un poco, pero… El doctor aquél lo asustó, le dijo que podía tener poca importancia o ninguna, total unas leves molestias mientras copulaba… Pero que tenía que tener muy en cuenta, si bien se oía hablar poco de ello, tal como ocurría con todo lo relativo a las partes íntimas, que habían muchos casos de cáncer de pene. Con tal noticia ¿quién es el que no se opera?
Quiso olvidar aquel pasaje de su vida. Le costó hacerlo, lo tenía olvidado, pero ahora, en aquellos duros momentos, como una venganza, regresaban nítidamente para abrumarlo hasta la saciedad. La operación, su precio, el enseñar su “parte pecadora” (esto es, el pene), la sutura, el postoperatorio… Ese fue otro mal trago, que ya pasó, ahora había que enfrentarse a este nuevo, pero con el mismo contendiente. Aunque en esta ocasión, no le aconsejaría que se operara, o… ¿Sí? Podía amputárselo. Inevitablemente estaba otra vez a su merced.
Tomando fuerzas de donde pudo, recompuso su maltrecho orgullo y con la voz en el tono más grave que pudo, dijo como si con él no fuera:
–Efectivamente, es lo que dice el papel.
Unos segundos eternos de silencio y tras ellos un largo interrogatorio. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Si había padecido de esto y lo otro? ¿En qué trabajaba? ¿Edad? ¿Estado civil? ¿Vicios? ¿Costumbres, fantasías y gustos sexuales? ¿Aberraciones? ¿Onanismo?…
Casi treinta minutos sometidos a confesión.
–No creo necesario hacerle un estudio hormonal ni de cualquier otro tipo, de momento.
Estas son cosas que ocurren, sin que, en ocasiones, se puedan conocer con exactitud lo que las produce.
–¿Quizás la edad?
–La edad es un factor a tener en cuenta. Pero a la edad, por sí misma, no debemos achacárselo. Aún cuando a la suya se dan muchos casos, también se dan a los cuarenta y hay quienes a los ochenta continúan sin problema.
¿El estrés? Puede ser…
–¿Puede ser pasajero? –preguntó mi amigo lleno de esperanza.
–¿Pasajero, dice? Podría ser, pero en su caso, a mi me extrañaría. El “pito” cuando falla…
Falla para ciento y una, esto es: para siempre. –el siempre, lo dijo en tono lúgubre, muy lúgubre. No se puede saber si es porque le salió así o lo hizo con cierto regodeo enfermizo, pero como fuera a Enrique, por un momento, le faltó el aire. –En el mejor de los casos, continuó, puede ser una señal de aviso. Pero siempre es igual, dos o tres “kikis” más y se acabó.
¡Jolines! Lo que había avanzado la medicina, o la capacidad de los médicos para desentrañar los problemas, sólo a base de preguntas. Nada de laboratorios, radiografías, exploraciones… ¿Qué le pica a usted? La ingle. Apendicitis, Y a hacer puñetas.
Mas no se iba a quejar, se libraría de la exploración.
La mayoría de las veces lo que se cree no es cierto y el urólogo no tardó en demostrarlo. Mientras se levantaba de su sillón, sin ninguna prisa, indicando a su derecha dijo:
–Haga el favor de pasar tras el biombo.
Era un biombo de armazón metálico blanco y tela de color verde quirófano, era toda la salvaguarda que iba a gozar su intimidad.
Ahora los arcanos se habían vuelto en su contra nuevamente, todo indicaba que no se libraría de la “palpación”. Se sintió doblegado, vencido sin luchar y aún más lentamente que el doctor, abandonó la silla. De soslayo miró a la auxiliar, en la que descubrió el trazo de una sonrisa maléfica. Con toda seguridad, era con la que había hablado por teléfono, para darle la cita y lo tomó por un machista.
El urólogo lo dejó educadamente traspasar antes que él, la línea imaginaria que separaba la consulta de aquel ignoto espacio tras el biombo verde quirófano.
La visión que se mostró ante él, le hizo sentirse como seguramente se sintieron los reos de la Santa Inquisición, ante aquellos temidos instrumentos de tortura. Era una especie de camilla con el respaldo levantado o bien un extraño sillón con unos artilugios de metal cromado, que flanqueaban el asiento y que, por su forma, bien podían valer para apoyar las piernas, las pantorrillas y de esta guisa formar con el cuerpo algo parecido a una “zeta”. Unos artilugios como en esos que colocan a las parturientas, “potros” creo que los llaman, y delante, a los pies del “chisme”, un pequeño peldaño gris.
El rostro de Enrique había tomado un llamativo tono pálido, que ya era muy familiar al doctor, lo había visto en infinidad de pacientes, de cualquier forma tuvo la delicadeza de preguntarle:
–¿Se encuentra usted bien? –Enrique tardó unos instantes en contestar, con un entrecortado sí, me encuentro bien. –Estupendo. Súbase a ese peldaño. Bájese los pantalones y los calzoncillos, luego túmbese–. Ordenó en tono mecánico, mientras se colocaba unos guantes de látex.
Enrique, guardando como buenamente pudo las apariencias, obedeció. El urólogo estiró y soltó la boca de su guante derecho, que produjo un pequeño chasquido. Para mi amigo sonó como el ¡Eh! que grita el diestro al toro, mientras mueve la muleta enérgicamente hacia abajo, cuadrando al animal, antes de entrar a matar.
La suerte estaba echada. Dejó caer su cabeza hacia atrás, colgó su mirada en el techo y se abandonó a su suerte. No lo podía ver, pero notó acercarse al andrólogo y sintió cómo empezaba la exploración. Primero los testículos, que palpaba como se hace con las frutas para saber en qué estado de madurez se encuentran, pero con más fuerza y despreocupación por el daño que podía estar causando. Después comenzó a manejar, con igual intensidad el “chisme” (esto es, el pene). De repente la presión que ejercían los dedos del “explorador” bajó ostensiblemente y comenzó a girarlo a un lado y a otro, como si estuviera buscando algo que se podía ver y no lo encontrara.
–Sin duda. No tengo la menor duda. –Rompió el urólogo el silencio de campo santo, que había invadido la sala. –No, no me equivoco, –Enrique levantó levemente la cabeza en un intento de atisbar algo –este “pito” lo conozco. No es la primera vez que lo veo. ¿No fui yo quien le practicó esta operación de fimosis?
–Sí. –Contestó mi amigo intentando incorporarse un poco más. –Sí, creo que fue usted en…
–No lo dude, esta obra maestra, es mía. –Y mientras le estiraba el “pinganillo” (esto es, el pene). –Margarita, acérquese aquí, por favor. Llamó a la auxiliar, que resultó no ser auxiliar sino residente de Urología.
Lo que dura un parpadeo, es el tiempo que tardó Margarita en estar al lado del doctor y con sus ojos puestos sobre la decadente “pilila” (esto es… ¡efectivamente!, el pene), de Enrique, que lo único que deseaba ya en esta vida era una concha de caracol o un caparazón de tortuga. Desaparecer.
–Observe usted Margarita, la maestría con la que fue hecha esta operación. Fíjese, fíjese. No pierda detalle. Ni el más mínimo.
–Es grandiosa, una intervención ejemplar doctor. Nunca había visto algo así, ni siquiera podría imaginármelo.
–¿Ha visto? El prepucio, todo hacia atrás, sin pliegues. Y la sutura… Y la sutura ¡Dios mío!
–Vainica doble, diría una servidora, si usted me lo permite y está de acuerdo.
–Dice usted bien Margarita. Llegará lejos y aprenderá mucho, si conserva e incrementa esas grandes dotes de observación que posee.
–¿Quién pudo ser el artífice de esta obra de arte? Seguramente un cirujano de Houston, Texas. ¿Podría usted saber quién fue el artífice de tan magistral intervención?
–Claro que lo sé, fui yo. ¿Quién otro podría haber sido?
–¡Oh!
–Esto es una pequeña muestra de los resultados, que después de años de estudio vocacional, preparación y práctica, logré. Algo a lo que podemos denominar, sin riesgo a equivocarnos, como “cirugía urológica de autor”. Toda una virguería.
–Desde luego es un trabajo muy fino. Le tenía como uno de los mejores, pero ante lo que estoy viendo, soy consciente que mejor maestro no puedo tener.
–¿Y el glande? ¿Se fija usted? Limpio, despejado, todo fuera. ¿Qué me dice usted de este glande?
–Que muy “glande” no es. Es más bien pequeñajo. –Ambos expelieron una sonora carcajada.
–Qué sentido del humor más fino tiene usted. Pequeñajo, diminuto, mínimo, enano, ridículo. –Reían más y más. Enrique tuvo la tentación de incorporarse, vestirse y largarse de aquel lugar, pero le pudo más la vergüenza. No podía acertar a qué venía tanto escarnio. ¿Tratarían a todo el mundo con aquel cachondeo o es que le había tocado a él día de circo?
¿Sería por ir recomendado? Existe una leyenda que corre por los pasillos de los hospitales, que cuenta que el ir recomendado a sitios como estos, daba mala suerte.
–Volviendo a la seriedad. –Dijo la espabilada residente. –Este trabajo es magistral, único. Tiene que servir como ejemplo a seguir para todos los médicos, sin excepción, que hemos optado por esta especialidad.
–Cierto, es uno de los mejores que llevé a cabo, lástima que la percha no acompañe.
–Una lástima. Algo tan sublime, miniaturizado al máximo, como si hubiese sido víctima de algún jíbaro.
–Tiempo, trabajo, inspiración… Todo por la borda. “¡Cachis en la mar!”
–Pero hemos de evitar su pérdida total, tenemos la obligación de conservarlo para asombro de generaciones venideras.
Enrique, al oír las palabras que expelían la boca de aquella sádica, se incorporó inmediatamente. Esta vez si que se largaba.
–¡Túmbese! Aún no hemos acabado. –Ordenó con sequedad el andrólogo. Enrique tartamudeó algo incomprensible, mostrando la esfera de su reloj e indicando con la mano que tenía que marcharse. –Tranquilícese, ya estamos terminando. Túmbese y no se preocupe, no se lo vamos a amputar, ni tan siquiera le haremos una fotografía…
–Eso es algo imposible, no disponemos de un objetivo macro. Añadió la residente y ambos volvieron a reír. –Doctor no aguanto más. Me están comenzando a doler los maseteros de tanto reírme. Iré a por un café.
Margarita salió de la consulta riendo. Antes que cerrara la puerta tras ella, Enrique pudo escuchar cómo la voz de otra mujer le preguntaba por qué reía de aquella forma. Maldijo varias veces el momento en el que tomó la decisión de ir al urólogo.
–Bueno, bueno, bueno. Continuemos. Dígame, ¿cuándo está en erección se le tuerce para algún lado?
–¡Así es! Se me tuerce a la derecha y hacia arriba, y luego, toda muy erecta ella, canta el “Cara al Sol”.
A Enrique le hubiera gustado decir aquellas palabras, con voz fuerte y aguardentosa, pero no las dijo con ninguna voz, aquella frase sólo quedó dentro de su mente. Tras un segundo de silencio cobarde, con simpleza, dejó que de sus labios cayera un solitario: No
–Hemos terminado. Puede vestirse. Si no quiere que le haga un tacto rectal, para ver cómo va la próstata… Ya que está aquí…
–No, gracias, en otra ocasión. –Enrique se incorporó y antes de que el urólogo se quitara los guantes se había vestido.
Pasaron de nuevo a la zona de consulta. Tomaron asiento. El doctor comenzó a redactar el informe.
–Le voy a recetar unas pastillas para su disfunción.
–Espero que le solucionen, en alguna medida, el problema.
–Estas pastillas, a mí las que más me gustan, tienen un efecto de veinticuatro horas. Las puede tomar media hora antes de empezar. Ha de tener en cuenta que si no hay excitación, las pastillas no funcionan.
–Los inconvenientes son que no entran por la Seguridad Social y son caras. Pero ya le digo, el efecto dura veinticuatro horas y siempre puede acumular varias tareas para un mismo día, así en vez de gastar siete, lo hace con una y seis que se ahorra.
Mi amigo no sabía si aquel urólogo tan chistoso que le había tocado, andaba de fiesta o le hablaba en serio. Tomó la receta que le extendió y sin más protocolos, le dio las gracias, un adiós y la espalda al salir de aquel antro.
Al encontrarse en la abarrotada sala de espera comenzó a llenar sus pulmones de aire, como alguien que emerge de las profundidades del mar, pero unas risitas y voces conocidas abortaron la acción.
–Míralo, ese es.
–¡Claro! El del foníatra.
Enrique, sin respiración y encogido de hombros con la cabeza entre ellos, corrió fuera del edificio. Hasta dos o quizás tres horas después no pudo despegar su cabeza de los hombros, dejando ver nuevamente el cuello. Ahora era un buen momento para relajarse e intentar olvidarse de lo ocurrido aquella extraña mañana. ¿Olvidar? ¡Nunca!

Con gran esfuerzo, destinó el dinero necesario para adquirir las pastillas, a lo que tuvo que añadir veinte euros más, de la propina que se vio obligado a dar al camarero, del bar que solía frecuentar, pues fue quien las compró. Total, ya puestos al dispendio… Por otra parte no hubiera podido adquirirlas, la vergüenza que sentía con sólo pensarlo lo imposibilitaba.
¿Funcionarían? Mira que si te las tomas y no hacen nada… Más risas no, no lo aguantaría. No tenía que haber tenido tanta prisa, para poner su honra en el sitio que se encontraba, antes de aquella fatídica noche, mejor haber quedado con Eva, que ya sabemos que realmente se llama Edelmira, más adelante, tras hacer, al menos, una prueba en solitario. ¿Fallaría? Mejor tomarse dos, por si se quedaba escaso.
Miró el reloj impaciente e indeciso, tres cuartos de hora para el momento esperado. Y si media hora resultara escasa para que surtieran efecto. Total, si dura veinticuatro horas… Por quince minutos… No discutió más consigo mismo. Un par de ellas con agua mineral y a esperar evocando otros momentos con Eva. Que si aquel día, aquella otra tarde, el tanga, que si tal, que si cual, el tiempo transcurrió, hora y media desde la toma, se olvidó que las mujeres suelen llegar tarde a esta clase de citas.
Al regresar del paraíso de los recuerdos, se dio cuenta de la extraordinaria erección de su… pene (eso es, pene). Era algo inédito, enorme. No temía ninguna duda, las pastillas funcionaban, pero no por eso dejaban de parecerles caras.
Todo un éxito. La chica enloquecida. Aquello era como las pilas del conejito de la televisión: duraba y duraba. Todo un sueño, una fantasía hecha realidad.
Eva, se lo pasó genial, como nunca y se pasó del tiempo del que disponía.
–Mi marido estará en casa. ¿De dónde le digo que vengo a estas horas? –Se miró al espejo –¡Dios mío! –Qué pelos, qué horror. Están como si me los hubieran cardado, esto no hay quien lo peine en menos de tres horas. ¿Qué le digo yo?
–De visitar a una amiga que… está haciendo un cursillo de peluquería y…
–No se lo creerá. Es muy desconfiado y celoso.
–Pues entonces dile que vienes del bingo y muy cabreada porque has perdido cien euros, a pesar de que cantaste tres líneas y un bingo. Que luego te atacó una gorda loca, que te confundió con otra persona.
Algo así suele asustar mucho. Y desarma, no sabes si echar la bronca por llegar tarde, por haber cantado tres líneas más un bingo y no haberte retirado, por los cien euros, por haber ido sola y no tener a nadie que te defendiera de la gorda loca o pasar de bronca porque tú llegas cabreada y las cosas se pueden volver en su contra.
Edelmira, Eva se marchó sin ganas, “el arma” (esto es, el pene), de su amante continuaba como al comienzo, qué diferencia con la “colita” (esto es, el pene en el encuentro anterior).
No voy a contarle, porque no la sé, qué excusa le dio la pedazo de adúltera a su marido ni la bronca extraordinaria, que tuvo en vilo a la vecindad casi toda la noche, justo hasta que se escuchó nítidamente: ¡Puta ninfómana! y un enorme portazo.
Enrique pasó la noche en vela, con el temor que el agraviado vecino llamara a la puerta.
Fue una mala madrugada, en la que, pese al miedo, su falo (esto es, el pene), continuó en erección, situación que le proporcionaba mucha alegría, pero que comenzaba a ser un poco incomoda. ¿A qué se refería el urólogo, al decir que las pastillas tenía un efecto de veinticuatro horas? ¿Duraría aquella erección veinticuatro horas? O… ¡Cuarenta y ocho!
Duró y pasadas cincuenta y dos horas, con dolor no sólo en su miembro (que ya sabemos cual es), sino en los riñones, la columna vertebral, en fin para qué enumerar, en todo el cuerpo, unido al martirio de no poder orinar más de tres gotas cada vez, lo decidió a llamar a su amigo médico. No al foníatra, sino al que era un tanto cotilla. En el estado en que se encontraba, aquella inconveniencia le pasó inadvertida.
Adornadas por pequeños quejidos y suspiros, las entrecortadas palabras de Enrique pusieron al corriente del problema al médico, al que de vez en cuando se le escapaba una exclamación: ¡Leches! ¡Joder! ¡Coño!… A las que invariablemente seguían un sentido ¡ay! Por parte de Enrique.
–Pues la has hecho buena. Dijo el médico desde el alma, una vez que diera por terminada Enrique su exposición. –Dos, de golpe. ¿Para que están los prospectos? ¿Los médicos o los farmacéuticos?
Por lo que me cuentas, sin lugar a dudas, se trata de un priapismo, y mucho me temo que veno-oclusivo. Algo sumamente grave.
Sin perder tiempo, llama a un taxi y te vas a urgencia. ¡Pero ya! Sin perder un minuto. Yo mientras llamaré a un urólogo de confianza y en cuanto vea al último paciente y cierre la consulta, iré lo antes que me sea posible por allí para enterarme de todo.
A Urgencias llegó casi desmayado. Enrique no estaba, a su cerebro le faltaba riego, parecía que toda la sangre de su cuerpo estaba concentrada en aquel “mástil” (esto es, el pene).
Entre brumas, vio unas caras conocidas. ¡Hostín!, exclamó mentalmente, el urólogo, Margarita la residente y, posiblemente, la histérica bruja graciosa de la sala de espera.
Cerró los ojos, no podía pensar con claridad. Escuchó con indolencia, como muy lejanas, las voces de quienes lo rodeaban. “Es muy grave, muy grave. No obstante, comenzaremos con una punción, aspiración y lavado. Esperaremos dos o tres horas”…
–Doctor, por la pinta que tiene esto, pienso que está en fase de isquemia cavernosa, yo pasaría, si está usted de acuerdo, directamente a un drenaje cavernoso por la vena safena interna.
–Eso es lo último. Tenemos que intentar salvar el “pito”.
–Éste ya no tiene salvación y si no nos damos prisa habrá que amputar.
–Está bien. Que vayan preparando un quirófano.
Enrique perdió la conciencia, total para qué iba a seguir escuchando, de aquello que hablaban no entendía nada, él era de letras.
Aquellos recuerdos tontos desaparecieron como un humillo. Su inconsciente, enfrascado en el problema, cogió el timón.
Toda la vida mirándote el “muñequiño” (esto es, pene dicho por un gallego), para que sólo dé apaño unas tres décadas de tu vida. Después de tantos desvelos, cuidos, entretenimientos, caprichos… te deje cuando más falta te hace, cuando más “salido” estás (esto es, desmedido apetito sexual). A los cincuenta años, me ha tocado a los cincuenta años. En la flor de la vida, cuando más me apetecían las mozuelas (esto es, estar entrando en tiempos de “viejo verde”).
¿Qué será de mí sin él? ¿Qué puedo decir a las mujeres que me esperan? ¿Cómo podré pasar las noches sin amar? La vida carecerá de sentido. ¿Tendré que suicidarme? Y… ¿Qué hago ahora con las pastillas?, con lo que me han costado… Puedo intentar vendérselas a alguno de segunda mano. El marido de Eloisa falla, a él podían venirle bien. Pero ¿como ofrecérselas? Un anuncio en el portal, quizás…
Mi “colita (esto es, el pene cariñosamente dicho) ¿Qué seré sin ella? ¿Qué me ocurrirá si el mundo se entera que ya no la tengo? ¡No! No, no , noooooo.
Ójala todo esto no sea nada más que una horrible pesadilla.
–Señor, señor.
–¿Eh?
–Se ha quedado usted dormido. –Alguien susurraba en su oído. –Le esperan en la consulta de Urología.
–¿Eh? ¿Cómo dice? –Enrique se despertó envuelto en un sudor frío. Miró a su alrededor y reconoció la sala de espera de las consultas de Urología. Y a la auxiliar que le atendió, con tanta amabilidad, cuado llegó una hora y media antes. –¡Me he quedado dormido!
–Así es. Ahora puede pasar, le toca.
–¿Me toca? No a mí ni hoy ni nunca me tocará nadie. Me voy a mi casa.
Enrique se incorporó y sintió un dolor agudo entre las piernas, como cuando te dan un balonazo en los testículos.
Dos fuertes brazos lo agarraron por sus hombros e hicieron que se tumbara de nuevo en la cama.
No era una sala de espera, ni había ninguna auxiliar amable. Se encontraba en la cama de la habitación de un hospital, y quien se encontraba allí era un servidor, que como su mejor amigo, al menos por eso quiero creer, fui avisado por un médico, amigo común, que haciendo un breve paréntesis, según me informó, en la conversación que mantenía sobre el doloroso tema con un periodista local –ya saben que Pablo es un conocido escultor, ahora más –, me telefoneó para comunicarme, que a nuestro amigo común habían tenido que intervenirle de urgencia, y que pese ha haber intentado evitarlo por todos los medios, a la postre, tuvieron que amputarle el pene.
El pene, ¡ni más ni menos! ¡El pene! (esto es, el cerebro).
Hoy vive como un asceta, con la razón extraviada, por los montes de Asturias, en la más completa soledad y protegiéndose con mucho celo de miradas extrañas.
Entretiene su soledad esculpiendo enormes moles, como gigantescos falos (esto es, penes muy grandes, muy grandes), esos a los que los paisanos de la zona llaman “pijines” y son muy misteriosos.
Para un servidor la parición de un nuevo “Pijin”, me tranquiliza, así sé que continúa con vida.
Con vida… con el sexo y el seso perdidos. Un muerto viviente.
Sin sexo… ¿Se puede vivir? Esto sí que es una “Gran Crisis”.

EN ESTE SITIO QUIERO CONTAR ALGUNAS HISTORIAS, TODAS ELLAS FICTICIAS, QUE QUEDE CLARO DESDE UN PRINCIPIO, ASÍ ME AHORRARÉ EL TENER QUE PONER CONTINUAMENTE AQUELLO DE: TODO PARECIDO CON… 
AUNQUE, EN LA MAYORÍA DE LAS OCASIONES, ESAS NARRACIONES PUEDAN OCURRIR REALMENTE.  AUNQUE CUALQUIER "FIGURÓN" POR DARSE PUBLICIDAD SE DÉ POR ALUDIDO.
REPITO, NO SON MÁS QUE QUE INVENCIONES DE UN SERVIDOR.

TAMBIÉN INTENTARÉ DAR ALGUNA NOTICIA DE INTERÉS, PREFERENTEMENTE DEL MUNDO LITERARIO. LOGICAMENTE ESTÁS SERAN CIERTAS..